Infalibilidad de la masa y Guardia Nacional / En la opinión de Mauro González Luna

Redacción MX Político.- Hay al menos hoy, cuatro Méxicos, entremezclados en muy desiguales proporciones. El del pueblo reflexivo, con osado o pasivo malestar; el de la masa extasiada, con su mítica ensoñación; el encorvado, aislado en su pobreza o su miseria; y el divertido, en su medianía o su lujo. Un mosaico heterogéneo, un enigma a la deriva, aún indescifrado.

Me centraré en dos de ellos, uno en especial.  El México del pueblo noble, substancia de la sociedad política, libre, orgánica, consciente, pensante, crítica; y el de la masa, materia impulsiva, amorfa, sugestionable, acrítica, anónima, intolerante, asida al mito. La masa proclive siempre a perder con facilidad el amor por la libertad. Anhela intensamente la multitud el tutelaje porque ha perdido la esperanza de ver realizados sus sueños por caminos normales, quedando inhabilitada toda norma, según visión certera de Cassirer.

Ese tutelaje entonces, deviene en máxima popularidad. Ese desamor llega a ser el heraldo del fin de la política como anhelo republicano de justicia y libertades; llegado tal caso, hay cosas más importantes para la dignidad humana que el Estado, según lo dijo antaño, Max Weber.

Un sagaz filósofo, en uno de sus libros, reseña la réplica de un católico tradicional a la crítica de un liberal para quien los católicos son muy tontos al creer en la infalibilidad del Papa. La réplica va asÍ: al menos los católicos creemos en la infalibilidad de una sola persona, en cambio ustedes, en la idea “bastante más peligrosa” de creer en la de millones, en la de la mayoría, en la infalibilidad de la voluntad general rousseauniana, que es la de la masa encarnada en uno.

Esto viene a cuento porque en la actualidad hay una corriente -urgida de uniformidad- que desdeña el consejo, la opinión, la auctoritas de los sabios -tan apreciada en la Roma antigua-, de los conocedores de las diferentes áreas cuya complejidad exige especialización y hondura conceptual.

La auctoritas es el consejo del conocedor que, en un país de alta cultura, vincula por la racionalidad con la que confirma o no, la justicia de la ley emanada de la voluntad legislativa, en casos de gran trascendencia.  Escuchar la auctoritas legitimadora por el peso moral del saber, no estorba nunca, al contrario, ilumina, advierte, salva. “Hiere, pero escucha”, se dijo una vez lúcidamente.

La infalibilidad de la masa, es un mito. La naturaleza de la misma antes mencionada, lo acredita. De tal mito deriva la llamada dictadura de las mayorías, de la democracia del mero número, ajena a los principios legales fundados en la razón, y a los derechos de las minorías, como los de esos campesinos de Huesca que se oponen a la termoeléctrica y que defienden su agua y la ecología; como los derechos de pueblos del sureste en el caso del tren maya. En una república en contraste, son tomados en cuenta esos derechos de minorías, mediante instrumentos constitucionales abiertos al sentir del pueblo noble, al debate genuino.

Quien por miedo o comodidad capitula renunciando a su responsabilidad, ya no elige, y por ello, ya no es libre, es parte de la multitud entretenida mediante la sugestión, la magia de la espectacularidad distractora que no transformadora, renuente al debate real. Y para colmo, comentaristas incoherentes elogian la docilidad del enjambre.

Dicha corriente uniformadora, demanda que todos se ajusten sin chistar a la voluntad de las mayorías, expresada a través de votos, encuestas, consultas, redes sociales, medios, en temas trascendentales para la nación y su porvenir. Entre esos temas se encuentra la propuesta de Guardia Nacional que legitimaría constitucionalmente la actuación de los militares en materia de seguridad pública.

Son incontables las recomendaciones de especialistas, de organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos que consideran a tal propuesta, como una amenaza a las libertades -tuteladas por convenciones internacionales de las que el país es parte.

La función natural de los militares es otra, y muy loable al defender a la patria de ataques externos. La manera de ser propia de su función natural, no cambia por el hecho de asignarle artificialmente al órgano militar otra función o por constitucionalizarse.

Como los órganos del cuerpo humano, el órgano militar del cuerpo social sigue segregando la misma substancia propia de su función primigenia, a pesar de que se le asignen funciones ajenas a su naturaleza propia; pero esas substancias no resultan propicias para la función ajena. Allí está la clave de todo, en la función natural y propia del órgano que no puede ser alterada a voluntad sin consecuencias.

Alterarla trae consecuencias para el cuerpo social que resulta atrofiado junto con el órgano mismo, pues se frustra su misión propia. Función primigenia como la cumplida con heroísmo por los Niños Héroes en Chapultepec, o por los soldados en la batalla de Churubusco contra el invasor yanki, con el apoyo de irlandeses del batallón de San Patricio.

Dicha propuesta de Guardia Nacional, se vincula estrechamente con el derecho penal del enemigo, cuya estructura conceptual antigarantista se funda en categorías de la guerra con sus instrumentos aniquiladores del enemigo. La mera sospecha -basada en criterios de raza, nacionalidad, condición social o preferencia política- basta para que el poder sobrecogedor del Estado caiga a plomo. El enemigo no es sujeto de derechos fundamentales, no es persona. Ese derecho penal del enemigo no es derecho, es esnobismo al sancionar no la conducta de los individuos, sino a los sujetos mismos por consideraciones subjetivas, quedando hecha pedazos la presunción de inocencia.

De todo ello resulta que no es válido que se exija a los críticos de la propuesta de guardia nacional, plegarse al dictado de las mayorías, eco de los designios de arriba y ejecutados por un Congreso de mero trámite. Hay criterios objetivos de justicia que son base de esa crítica racional: el de la competencia natural de los civiles en el campo de la seguridad pública, competencia consagrada por la tradición constitucional mexicana que tanta sangre costó; el de la presunción de inocencia; y además, hay datos empíricos de la experiencia histórica que demuestran lo fallido de la estrategia que atraviesa de cabo a rabo la propuesta de Guardia Nacional.

En suma, no hay tal infalibilidad del número. Una república es un lugar donde habita y destaca el pueblo y su nobleza, abierto al debate auténtico, donde la ” ley establecida por la voluntad se ciñe a principios jurídicos fundados en la razón”, donde prevalece el derecho justo protegido por ciudadanos conscientes e instituciones libres, y no la fuerza artificiosa de la voluntad uniformada del número que encarna en uno, al margen de la razón, la auctoritas y la historia.

Ojalá no sucumban la mesura y la grandeza de espíritu: aún hay tiempo, pues es de sabios cambiar de rumbo. (En memoria de mi padre cuyo nombre y apellido llevo con honra, cardiólogo, poeta, patriota, de recia ascendencia mexicana-irlandesa, en el doceavo año de su partida).

Mauro González Luna
APRO
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