¿Empoderamiento o emancipación? / En la opinión de Marta Lamas

Por Marta Lamas/ Proceso

El pasado lunes 9 di una conferencia en el XIV Congreso Nacional sobre Empoderamiento Femenino, organizado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Titulé mi intervención “La indispensable emancipación” para problematizar la perspectiva implícita en el término “empoderamiento”.  Hace años, pensaba que si las mujeres nos empoderábamos podríamos cambiar el mundo, en especial, que podríamos convencer a los hombres de transformar las injustas y desiguales relaciones en que todos estamos inmersos. Ahora me pregunto si para enfrentar los desafíos que hoy vivimos ¿sirve el empoderamiento, o es mejor la emancipación?

En los últimos años en México ha habido un aumento de empodera­miento de las mujeres: más mujeres en altos puestos de trabajo asalariado, de representación política y de gestión pública. El tenaz deseo de estudiar, de incursionar en espacios profesionales antes vedados, junto con infinidad de pequeñas y grandes pugnas por hacer valer derechos y enfrentar prejuicios, han ubicado a las mujeres como protagonistas en el ámbito público. Pero tal empoderamiento político y económico de algunas mujeres no ha sido parejo y una inmensa mayoría sigue inmersa en desigualdades sustanciales, asociadas a su clase social, su edad, sus orígenes étnicos y su grado de escolaridad.

Pero aun en el caso de las privilegiadas que supuestamente están “empoderadas”, muy pocas han logrado emanciparse del mandato cultural de la feminidad. Emanciparse quiere decir liberarse de la tutela, la servidumbre, o de cualquier clase de subordinación o dependencia. Y de lo que la mayoría no se ha emancipado es el mandato cultural de la feminidad: ser obedientes, recatadas, y hacer “por amor” el trabajo de cuidado de los seres vulnerables.

Todavía hoy las mujeres tienen dificultades para plantear políticamente que hay que distribuir el trabajo de cuidado. El cuidado es el requerimiento más sustantivo de la vida social y el derecho a ser cuidado debe estar acompañado de la obligación del Estado de proveer la infraestructura y los servicios necesarios.

Esto implica revisar y poner al día muchas políticas y servicios del gobierno, para abordar puntualmente los problemas y dolores provocados por la insolidaridad social del sistema socioeconómico. E implica una gran inversión en servicios de cuidado infantil, educación extraescolar, servicios de cuidado para personas ancianas, enfermas o con una discapacidad, con derechos laborales (salario y pensión a las personas que llevan a cabo los trabajos de cuidados dentro de la familia), una ley de protección a las personas dependientes que no tengan familiar que las cuide. Pero lo sustantivo del problema es que las mujeres hacen el trabajo de cuidado como madres abnegadas, esposas abnegadas, hermanas abnegadas e hijas abnegadas.

Hace 47 años Rosario Castellanos hizo precisamente una conferencia magistral titulada “La abnegación ¿una virtud loca?” Abnegación es una palabra que viene del latín ab negare y que significa negarse a sí misma.  Nuestra escritora incitaba a rechazar el victimismo, a terminar con la autocomplacencia femenina y proponía que las mujeres se hicieran   responsables de sus vidas, justamente el primer componente de la emancipación.

Si anhelamos introducir en México la igualdad sustantiva entre mujeres y hombres, esto significa no sólo ampliar derechos, instaurar paridad, ocupar altos puestos de gobierno o de la iniciativa privada, sino modificar la distribución del trabajo de cuidado.

Lo que atraviesa todos los procesos de la vida social y que se constituye en el obstáculo para que las mujeres logren la igualdad sustantiva es la persistencia de una división sexual del trabajo en la que las madres, hijas, esposas, amantes, hermanas, amigas e incluso vecinas se hacen cargo “naturalmente” del trabajo de cuidado como una labor de amor. La mayoría lo hace sin retribución económica, con dobles jornadas, o subcontratando a otras mujeres. Y las afecta en sus oportunidades laborales y su desempeño.

Cuando se revisa el Reporte Anual del World Economic Forum (WEF), que mide la brecha entre mujeres y hombres en el acceso a los recursos y oportunidades disponibles en 144 países (los que tienen estadísticas), es patético ver que México ocupa el lugar 81, y que hay 15 países latinoamericanos con brechas mucho más cortas.

Y no sólo eso, que de los cuatro campos que se analizan –1)  participación laboral, salarios, promociones y oportunidades económicas; 2) educación: analfabetismo, educación básica, media y superior; 3) empoderamiento político: porcentajes de diputadas, ministras, jefas de Estado; y 4) salud y sobrevivencia–, la mayor brecha la tenemos en el campo del trabajo (124) y la menor en empoderamiento político (34), obvio que gracias a las cuotas. Y además, desde 2006 que el WEF empezó a realizar sus mediciones, la brecha laboral ha ido empeorando; era de 98 en el 2006, y en 2017 es de 124. Eso tiene que ver con la forma en que –casi exclusivamente– las mujeres se hacen cargo del trabajo de cuidado.

Por eso, más que “empoderamiento”, lo que necesitan las mexicanas es la “emancipación” del mandato cultural de la feminidad. Pero esto es muy difícil, porque el mandato está entretejido en la subjetividad con los afectos.

Este análisis se publicó el 15 de abril de 2018 en la edición 2163 de la revista Proceso.

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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